martes, 28 de diciembre de 2010

Introspección

Te despertaron. Con la sinceridad de unos labios que no saben mentir. Con lo imposible de unos ojos que al mirarte te enseñan la gravedad. Se trata de la incoherencia de una canción cuyas notas se conectan. Se trata de tu canción. Esa que escribes, y luego rompes cuando vuelves a leerla.
Cuando el mazo golpea lo hace con fuerza. Pero si no golpeara ¿cómo podrías recuperarte? ¿Cómo te harías más fuerte? Has dejado de ser el compositor de la canción, y eso no te gusta. Tal vez no debiste romper la partitura cuando tuviste tu momento.
Ahora te tienes que enfrentar a las preguntas que tu mente, como un niño curioso, te suplica que respondas.
¿Por qué será que a los buenos siempre les pasan cosas malas? Porque sólo ellos se arriesgan por lo que es correcto.
¿Y por qué los malos reciben recompensa? Porque siempre hay alguien dispuesto a dársela.
Y yo, ¿soy bueno o malo? Yo soy.
Y entonces lo comprendes. Tú eres. Como dos caras de una misma moneda, que cayó de canto cuando la lanzaron al aire. Y se balancea, y tal vez caiga, pero hasta que lo haga, eres libre. Eres tú.
Todo empieza cuando piensas: “No sé de qué va esto, pero comienzo yo.” Cuando admites que no entiendes cómo son las cosas, y te das cuenta de que eso no es un problema. Porque una nota vuela detrás de la otra, y no importa cómo suenen si nadie las escucha. Porque da igual lo que hagas y cómo lo hagas, si sólo lo haces porque crees que te están mirando. Porque los buenos, al fin y al cabo, se arriesgan por lo que es correcto.
¿Sientes ahora la incoherencia? ¿Ves cómo las notas se conectan?

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