domingo, 5 de diciembre de 2010

Incomunicación.

Esta mañana, yendo a comprar el pan, compartía acera con una madre que tiraba de su lloroso hijo de unos seis años. El niño, que tenía una rabieta de las que hacen historia, me taladraba los oídos con sus gritos constantes. Lamenté profundamente no haberme bajado el mp4, porque quizás, al máximo volúmen, me habría servido de tapón.
La madre, haciendo gala de un admirable estoicismo, parecía no escuchar las protestas de su hijo, que en realidad no protestaba por nada porque probablemente ya se había olvidado del motivo de su llanto.
Al entrar en la panadería, observé con espanto que madre e hijo entraban detrás de mí. Había una cola de unas seis personas y pensé en irme a cualquier otra tienda, con tal de huir de aquél sonido penetrante. Sin embargo, esa era mi panadería habitual y el dependiente solía guardarme la hogaza y la barra sin sal, que es básicamente lo que pido todos los días por encargo de mi madre. La barra sin sal es para mí - tengo la tensión alta - y la verdad es que es la única que he encontrado que sabe a algo y que soy capaz de comer, así que no me merecía la pena renunciar a eso y hacerle una faena al amable panadero por culpa de unos cuantos gritos molestos.
Tras tres minutos, y dos clientes despachados, mi determinación comenzaba a flaquear, pues aun quedaban cuatro y el niño seguía con la exposición de lo injusta que era su vida a través de unos sollozos inconexos, y gritos, sobretodo gritos. Todos los clientes habíamos empezado a poner en práctica las técnicas de relajación básicas. Un chico suspiraba cada poco y juraría que una mujer estaba contando en voz baja. En el ambiente se olía un estallido de histeria.
Exageraciones aparte, me estaba empezando a poner nerviosa, y para que yo me ponga nerviosa, en especial a las diez de la mañana de un Domingo - que estoy medio dormida o dormida entera- ya hay que esforzarse. Por fin, me tocó el turno, y cuando pagué los noventa céntimos, me fui de allí lo más rápido que pude sin perder la compostura exigida por el decoro social. Es decir, sin correr.
Subo a casa, dejo la bolsa con el pan, y me bajo al coro, como cada fin de semana. Casi me da un ataque cuando el dichoso crío pasa por mi portal con su silenciosa e inmutable madre. Aunque tengo mala memoria para las caras, me di cuenta de que les había visto a menudo por el barrio. Debían de vivir en una de las casas cercanas y sentí lástima por quienes fueran sus vecinos. Retando a la biología y a la capacidad pulmonar de un indivuduo de poco más de media década, su llanto aun duraba, y duraba y duraba como las pilas de Duracell. Me preguntaba por cuánto tiempo más iba a estar obligada a andar por la misma calle, cuando la madre, por fin, decidió atender a su hijo y se agachó para hablarle con cierta seriedad. Sin poder y sin querer evitarlo, escuché la mayor parte de su conversación, y fue así como descubrí que lo que al niño le pasaba, era que tenía sed. ¡¡SED!! ¿Y cómo no después de aquél desgaste de cuerdas vocales?
Me encantan los niños, incluso cuando me tiran del pelo - que parece su hobbie favorito - y por eso soy consciente de lo irracional de la mayoría de sus rabietas. Mi primo, que rondará ahora los ocho años, se enfadó una vez conmigo porque no llegaba a cogerle un juguete que su madre había puesto en alto precisamente para que no pudiera cogerlo nadie. Lloró, y yo le dejé que llorara, entre otras cosas porque no estaba dispuesto a escucharme, pero luego logré distraerle con otro juguete. Tengo cierta paciencia, y a cabezota no me ganan.
No estoy comparando a un niño con otro, pero por el amor de Dios, ¡tiene seis años! ¡SEIS! ¿De veras cuesta tanto tranquilizarle un poco? ¿Y tanto cuesta darle agua? Porque lo curioso del caso es que el niño seguía con que tenía sed, y la madre, que había comenzado a andar de nuevo, ni le daba agua ni le explicaba por qué. Quizá no tuviera agua en ese momento, o pensara que era mejor esperar a que se le pasara el enfado, no fuera a tirar la botella en un acto furioso. Podría tener, en fin, motivos más o menos razonables para no darle agua, pero ¡al menos dile algo! ¡Aunque sea para que se calle!
Pues bien, hasta aquí la parte que, a quien no lo haya vivido, puede resultar hasta divertida. Llegamos a un cruce, ellos delante y yo detrás, y el semáforo está a punto de cambiar. En el proceso el niño se había soltado del agarre de su madre, y ésta le dijo que esperara. Parecía que el niño iba a hacerle caso pero, quizá recordando su enfado y su voluntad de ser desobediente mientras le durara, echó a correr de esa manera torpe en la que corren los niños poco ágiles.
Yo ya le veía en el suelo, de verdad. Pero el conductor logró verle a tiempo y se detuvo en seco a una distancia de unos veinte centímetros.
Encima, la madre, tras agarrar al niño como la posesión valiosa que era, se puso a gritar al pobre hombre que conducía el coche, que no sabía de dónde le venían ya los gritos, pues algunos espectadores indignados se habían sumado al linchamiento verbal de aquél hombre inocente. Mientras tanto, el niño lloraba, pero esta vez con verdaderos motivos, porque se había pegado un susto que anulaba todas las posibles broncas que pudiera merecer. El tráfico estaba momentáneamente detenido, y algunos coches pitaban, y pensé que el nivel de contaminación acústica había subido considerablemnte aquél día. No faltaron las personas juiciosas que intentaban poner paz, y, justo cuando yo ya me iba, el hombre se subió de nuevo al vehículo y el tráfico se reanudó. Seguí mi camino, pensando lo cerca que habíamos estado de tener un niño menos en el mundo. Un niño que se había pasado media mañana llorando y que probablemente hubiera aprendido ya el verdadero valor de las lágrimas al conocer el miedo de primera mano.
La reacción de la madre es bastante entendible, pues su cachorro había estado en peligro y su instinto la hacía volverse contra cualquier posible amenaza. Es entendible, pero no justificable. Porque lo cierto es que su hijo había estado toda la mañana intentando llamar su atención y, aunque el método de ignorar a veces funciona, estaba claro que ese no era el caso. Y no sólo hoy: en algún momento de sus seis años de vida, el niño había cambiado sus prioridades."Desobecer a mamá cuando estoy enfadado", estaba por encima de "apartarme de la carretera con coches que pueden matarme".
Ahora que la manija pequeña del reloj se ha movido bastantes veces hacia la derecha, el silencio ha reemplazado los lloros del niño, pero mi padre repite conmigo el mismo sistema de ignorar lo que intento expresarle.
Los niños crecen y se hacen adolescentes. Dejan de llorar para hablar y gritar sus sentimientos. Son ignorados de la misma forma, o de manera más cruel. Y se abre así un círculo de incomunicación que se traslada en el tiempo como las semillas que son arrastradas por el viento.
Nos hallamos por ello en una sociedad inconformista, en la que los mensajes de rebeldía no llegan a casi nadie, pues no hay nadie dispuesto a escucharlos. Y así, cuando empiezan a hacer demasiado ruido, la sociedad adopta el método de resginación como quien aguanta los sollozos de un niño en la cola de una panadería. En vez de preguntar por el motivo de la ruidosa protesta, se busca el método más rápido para silenciarla. Incluso aunque el pobre niño tenga razón. Incluso aunque no la tenga.
Como el niño que llora sin saber por qué, y que siente sed tras desgastarse en su esfuerzo por hacerse entender, protestamos por cosas que no entendemos del todo y sentimos desesperanza al darnos cuenta de que eso no nos lleva a ninguna parte. Tenemos sed de ser comprendidos, cuando ya hemos perdido la capacidad de hacernos entender. Y así se producen acontecimientos como la huelga de controladores, en los que los perjudicados, en fin, son unos terceros no involucrados, como el desafortunado conductor del coche, que casi atropella al niño, igual que casi atropellamos ayer a los huelguistas. Porque sí, "enfermos" o no, eran huelguistas. Ejerciendo su "derecho" de fastidiar a todo el país, de igual manera que el Gobierno les ha fastidiado a ellos. Es así como en un mundo en el que nadie habla, todos pretenden ser escuchados. Y si aquellos que hablan lo hacen a la vez, entonces nos volvemos niños que no entienden por qué su madre permanece indiferente a su protesta. Por qué sus lloros se recompensan con accidentes.
Ayer, el país entero entendió que estamos incomunicados, y fue necesario el aislamiento aéreo para comprenderlo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Comentario de Rafa:

Muy bien escrito, desgraciadamente los controladores no son niños de 6 años, ni el gobierno su pobre madre intentando que se callen, quiero decir que ambos son bastante menos inocentes que eso.

Amalia dijo...

Si bueno. Un poco más de inocencia no le viene mal a nadie
y da gracias a que me he metido en algo de política, que ya sabes que no la soporto xD