jueves, 19 de agosto de 2010

Sesión

El hombre de las gafas se sentó en la silla mientras la señora se sentaba en el diván. En la sala reinaba un incómodo silencio y el hombre esperaba profesionalmente mientras preparaba un cuaderno. Tras unos segundos, la paciente decidió que era una buena ocasión para hablar. Y como era una buena ocasión, pues habló:

- En ese momento sentía que me ahogaba. ¿Sabe de qué le hablo? Por cierto, la gente elige las sustancias más inapropiadas para ahogarse. Los hay que se ahogan en agua, ya sea en un vaso, en un río o en un océano. Yo prefiero un vaso: sinceramente, es más cómodo. Luego la gente no pierde tiempo buscando tu cadáver, lo cuál es una completa inutilidad dado que ya estás muerto. Y ahí tenemos una bonita paradoja: ¿acaso no hay mayor inutilidad que la muerte? Sobretodo para los que no creen en el más allá. Yo me guardo mis creencias, pero el que es listo lee entre líneas. ¿Usted es listo? Las líneas las traza, ni más ni menos, que un dibujante inexperto con Enfermedad de Parkinson. Eso es una enfermedad muy mala, sobretodo si has elegido ser médico. Y no hay médicos mejores que los que se dedican a curar el alma de las personas; esos que se preocupan de que el cuerpo sea lo que tiene que ser: un buen recipiente para un individuo sano. Porque los individuos de alma insana son esos que por no tener, no se tienen a ellos mismos. Debido a eso se dedican a quitarle a los demás lo que es suyo o incluso les hacen daño. Y por eso yo sentía que me ahogaba. La mano apretaba, y yo diría que esa mano no tenía Parkinson. Pero sí que era posible que su dueño estuviera ahogado en un vaso de agua. Mire: eso es algo que teníamos en común. Que tenía en común él conmigo, quiero decir. Porque lo teníamos en común entre los dos. Y dos no es más que la suma de uno más uno, así que no veo por qué él y yo era igual a nosotros. Pero lo era. Así que nosotros paseábamos todas las tardes por el mismo sitio. Y nosotros mirábamos siempre los mismos escaparates. Él miraba conmigo, miraba yo con él, y él sabía mirar. Mirar se le daba bien. Y me miraba a mí. Y aunque ya nada apretaba mi garganta, de nuevo otra vez no podía respirar. Pero el aire si que llegaba a mis pulmones. Los pulmones son esas bolsas que se llenan, y que si no se llenan te mueres. Pero yo no me moría, así que mis pulmones se llenaban.
Tampoco podía pensar. Pensar es esa cosa que intentas y es entonces cuando te duele la cabeza y decides que es mejor parar y seguir viendo la tele. Pero yo no estaba viendo la tele. Creo que no podía pensar ni respirar porque él me miraba y sabía mirar. Quien sabe mirar es el que no ve lo de fuera. El que te mira a los ojos, y aparte de ver si son castaños o azules, descubre si eres buena persona. Claro que yo también le miraba a él. ¿Usted sabe mirar? Él no había sido bueno: después de todo había hecho que no pudiera respirar. Pero un señor muy viejo que sale en los dibujos dice que hay que saber perdonar. Y si hay que saber perdonar, yo perdono. Porque yo sé hacer lo que hay que hacer. Que no es fácil hacer lo correcto. Pero lo correcto, es lo que yo hago. Y lo que yo hago no siempre es lo correcto.

El hombre se quitó las gafas, sintiendo la necesidad de frotarse los ojos, aunque lo que en realidad quería frotarse eran los oídos.

- ¿Ha terminado? - preguntó en un tono perfectamente educado y sin ningún matiz de impaciencia. Era un hombre que sabía fingir: lo exigía su profesión.

- No, doctor. Yo sólo digo lo que tengo que decir pero lo que tengo que decir son muchas cosas. En realidad da igual que usted esté aquí o no lo esté: al fin y al cabo sólo es un producto de mi mente. Pero yo le pago para que sea mi amigo y me sale caro, así que prefiero que esté. Porque si no está, es como si hablara sola, y esas cosas sólo las hacen los locos, doctor. Y si yo estuviera loca ¿acaso estaría aquí sentada? Además yo no puedo estar loca. Los locos son buena gente: no tienen culpa de lo que les ha pasado. Y como no tienen culpa, son inocentes. Y los inocentes, aparte de no ser culpables, son personas a las que hay que tratar bien. Porque el bien es bueno, y por eso está mal. Está mal en éste mundo y como consecuencia la gente no lo practica. Y si no lo practica es impracticable. Lo impracticable no siempre es imposible: a veces sólo es difícil. Por eso yo no estoy loca, doctor, porque eso es difícil. En realidad, todo el mundo está loco, así que tendría que ser fácil. Pero como no lo estoy es difícil. ¿Entiende usted? ¡Claro que no lo entiende! Es incomprensible. La incomprensión es algo que conozco muy bien: por eso me ahogaba en un vaso de agua. El agua me encanta, es lo mejor que se puede beber. ¿Tiene agua? Bien, porque no quiero beberla. ¿Me ha oído? ¡No quiero!

Ella seguía recostada sobre el diván, aunque de vez en cuando movía las manos para acompañar su discurso. Él se levantó de la silla para ir a por un vaso de agua, y se lo ofreció.

- Gracias, doctor. Usted sí que me comprende. Éste agua sí que está buena: sabe a agua de grifo y no a ese agua de botella que hace tiempo que ha dejado de ser agua. Porque antes, sin botellas ni grifos ¿el agua de dónde salía? Ahora ya no sale, y por eso hay que comprarla. ¿Verdad que sí, doctor? Claro que sí. Por eso yo la compro. Porque yo compro lo que se debe comprar, igual que le compro a usted. ¿Tiene baño, doctor? Ese vaso que me ha dado tenía demasiada agua.

El hombre asintió con la cabeza, sonrió un par de veces y le señaló una puerta, al final del pasillo, como siempre. Cuando ella se fue, cogió el teléfono y marcó en silencio.

- ¿Oiga? Sí, sí. Puede venir a llevársela. Está como una regadera: habla conmigo como si yo estuviera con ella, en la misma habitación. No, no lo estoy. Buenas tardes. Hasta luego.

4 comentarios:

D.M dijo...

Me gusto mucho!

Amalia dijo...

Muchas gracias!! ^^

"La persona más indicada para escribir sobre locos, es, sin lugar a dudas, un loco."

Así que lo tenía fácil jajaja

Hella dijo...

O.o... que locura. xD

Aun así me gustó! =)

Amalia dijo...

jaja muchas gracias =)