sábado, 21 de agosto de 2010

Nunca pienses

Nunca pienses cuando sólo tienes ganas de escuchar música. La clase de música que no deberías de escuchar según una mayoría que jamás logrará absorberte.
Tienes sueño, se te cierran los ojos y te sientes con ganas de ser creativo. Así que te dejas llegar y simplemente escribes. Escribes lo que se te va ocurriendo, e intentas no releerlo porque sabes que no serás capaz de dejarlo como estaba.
Y tu mente deja de pensar en lo que haces y empieza a pensar en lo que escuchas. En los lugares donde te gustaría estar en este momento, los años que querrías tener, la vida que querrías llevar. El silencio que querrías escuchar. El sonido con el que deseas despertarte.
En tu cabeza alguien que te dice que te espera. En tu mente, tu voz que responde silenciosa.




Nunca pienses cuando quieres que el mundo se rija por los sentimientos. Sin tanto racionalismo que se cuestione los impulsos. Sin tanto impulso que extinga el racionalismo.
Deja de pensar, y aprende a sentir como sólo siente un pianista, un poeta, un soñador. Deja de pensar, y entiende que así serás más feliz.
Es como la melodía de una canción intimista. Los acordes suenan, y la música tendría que decirte algo, pero sólo puedes apreciar que es bella en algún rincón de tu mente. Y te preguntas: "¡Ey! ¿Por qué no me concentro? Ésta canción me llega ¿por qué no estoy llorando?"
No es que no te haya pasado más veces. Pero te da rabia escuchar tu propia vida como si fuera la de otra persona. Alguien que, por una serie de casualidades, pone en palabras lo que tú ponías en notas de piano. Mientras tanto los acordes siguen sonando y tú los escuchas como si aquello no fuese contigo. En tu cabeza alguien que te dice que te ama. En tu mente, tu voz que responde "Sin mí lo tienes todo."



Porque el pretérito no puede volver a ser presente, igual que el futuro siempre será condicional. Nunca pienses en lo que podía haber pasado. No te regocijes en lo que pasó. Haz lo posible para que vuelva a pasar. Porque el futuro es lo único que desconoces, y lo único que no puedes controlar. Disfrútalo.

jueves, 19 de agosto de 2010

Sesión

El hombre de las gafas se sentó en la silla mientras la señora se sentaba en el diván. En la sala reinaba un incómodo silencio y el hombre esperaba profesionalmente mientras preparaba un cuaderno. Tras unos segundos, la paciente decidió que era una buena ocasión para hablar. Y como era una buena ocasión, pues habló:

- En ese momento sentía que me ahogaba. ¿Sabe de qué le hablo? Por cierto, la gente elige las sustancias más inapropiadas para ahogarse. Los hay que se ahogan en agua, ya sea en un vaso, en un río o en un océano. Yo prefiero un vaso: sinceramente, es más cómodo. Luego la gente no pierde tiempo buscando tu cadáver, lo cuál es una completa inutilidad dado que ya estás muerto. Y ahí tenemos una bonita paradoja: ¿acaso no hay mayor inutilidad que la muerte? Sobretodo para los que no creen en el más allá. Yo me guardo mis creencias, pero el que es listo lee entre líneas. ¿Usted es listo? Las líneas las traza, ni más ni menos, que un dibujante inexperto con Enfermedad de Parkinson. Eso es una enfermedad muy mala, sobretodo si has elegido ser médico. Y no hay médicos mejores que los que se dedican a curar el alma de las personas; esos que se preocupan de que el cuerpo sea lo que tiene que ser: un buen recipiente para un individuo sano. Porque los individuos de alma insana son esos que por no tener, no se tienen a ellos mismos. Debido a eso se dedican a quitarle a los demás lo que es suyo o incluso les hacen daño. Y por eso yo sentía que me ahogaba. La mano apretaba, y yo diría que esa mano no tenía Parkinson. Pero sí que era posible que su dueño estuviera ahogado en un vaso de agua. Mire: eso es algo que teníamos en común. Que tenía en común él conmigo, quiero decir. Porque lo teníamos en común entre los dos. Y dos no es más que la suma de uno más uno, así que no veo por qué él y yo era igual a nosotros. Pero lo era. Así que nosotros paseábamos todas las tardes por el mismo sitio. Y nosotros mirábamos siempre los mismos escaparates. Él miraba conmigo, miraba yo con él, y él sabía mirar. Mirar se le daba bien. Y me miraba a mí. Y aunque ya nada apretaba mi garganta, de nuevo otra vez no podía respirar. Pero el aire si que llegaba a mis pulmones. Los pulmones son esas bolsas que se llenan, y que si no se llenan te mueres. Pero yo no me moría, así que mis pulmones se llenaban.
Tampoco podía pensar. Pensar es esa cosa que intentas y es entonces cuando te duele la cabeza y decides que es mejor parar y seguir viendo la tele. Pero yo no estaba viendo la tele. Creo que no podía pensar ni respirar porque él me miraba y sabía mirar. Quien sabe mirar es el que no ve lo de fuera. El que te mira a los ojos, y aparte de ver si son castaños o azules, descubre si eres buena persona. Claro que yo también le miraba a él. ¿Usted sabe mirar? Él no había sido bueno: después de todo había hecho que no pudiera respirar. Pero un señor muy viejo que sale en los dibujos dice que hay que saber perdonar. Y si hay que saber perdonar, yo perdono. Porque yo sé hacer lo que hay que hacer. Que no es fácil hacer lo correcto. Pero lo correcto, es lo que yo hago. Y lo que yo hago no siempre es lo correcto.

El hombre se quitó las gafas, sintiendo la necesidad de frotarse los ojos, aunque lo que en realidad quería frotarse eran los oídos.

- ¿Ha terminado? - preguntó en un tono perfectamente educado y sin ningún matiz de impaciencia. Era un hombre que sabía fingir: lo exigía su profesión.

- No, doctor. Yo sólo digo lo que tengo que decir pero lo que tengo que decir son muchas cosas. En realidad da igual que usted esté aquí o no lo esté: al fin y al cabo sólo es un producto de mi mente. Pero yo le pago para que sea mi amigo y me sale caro, así que prefiero que esté. Porque si no está, es como si hablara sola, y esas cosas sólo las hacen los locos, doctor. Y si yo estuviera loca ¿acaso estaría aquí sentada? Además yo no puedo estar loca. Los locos son buena gente: no tienen culpa de lo que les ha pasado. Y como no tienen culpa, son inocentes. Y los inocentes, aparte de no ser culpables, son personas a las que hay que tratar bien. Porque el bien es bueno, y por eso está mal. Está mal en éste mundo y como consecuencia la gente no lo practica. Y si no lo practica es impracticable. Lo impracticable no siempre es imposible: a veces sólo es difícil. Por eso yo no estoy loca, doctor, porque eso es difícil. En realidad, todo el mundo está loco, así que tendría que ser fácil. Pero como no lo estoy es difícil. ¿Entiende usted? ¡Claro que no lo entiende! Es incomprensible. La incomprensión es algo que conozco muy bien: por eso me ahogaba en un vaso de agua. El agua me encanta, es lo mejor que se puede beber. ¿Tiene agua? Bien, porque no quiero beberla. ¿Me ha oído? ¡No quiero!

Ella seguía recostada sobre el diván, aunque de vez en cuando movía las manos para acompañar su discurso. Él se levantó de la silla para ir a por un vaso de agua, y se lo ofreció.

- Gracias, doctor. Usted sí que me comprende. Éste agua sí que está buena: sabe a agua de grifo y no a ese agua de botella que hace tiempo que ha dejado de ser agua. Porque antes, sin botellas ni grifos ¿el agua de dónde salía? Ahora ya no sale, y por eso hay que comprarla. ¿Verdad que sí, doctor? Claro que sí. Por eso yo la compro. Porque yo compro lo que se debe comprar, igual que le compro a usted. ¿Tiene baño, doctor? Ese vaso que me ha dado tenía demasiada agua.

El hombre asintió con la cabeza, sonrió un par de veces y le señaló una puerta, al final del pasillo, como siempre. Cuando ella se fue, cogió el teléfono y marcó en silencio.

- ¿Oiga? Sí, sí. Puede venir a llevársela. Está como una regadera: habla conmigo como si yo estuviera con ella, en la misma habitación. No, no lo estoy. Buenas tardes. Hasta luego.

martes, 10 de agosto de 2010

Avaricia

Ayer soñé mientras dormía
lo que antes soñaba despierta.
Y la sombra del Sueño
que sobre mí se cernía
cortaba el mudo silencio
que en mis labios se oía.

Fue cruel caer en la certeza,
de que no habría lugar,
refugio, castillo, o fortaleza,
en el que huir de los fantasmas
que asaltaban mi Destreza.

El Miedo no tuvo compasión de mi
y yo no tuve compasión del miedo.
Y aquello que en los demás ví
Él quiso que en mi jamás se diera.

Al despertar me descubrí allí,
donde el Lobo es perseguido
y en ocasiones castigado.

Yo misma me convertí
en uno de sus aliados,
persiguiendo lo que vi:
el gran Lobo desterrado.

En mi mente no entendí
los conflictos anunciados
pero el Lobo vive en mí:
barro y oro, fusionados.

Obras completas de Dante Alighieri

Un libro que todo el mundo debería leer, aunque sólo sea para entender el Renacimiento. Una mujer a la que apenas conoció de vista (Beatrice) sirve de inspiración para obras tan grandes como La Vida Nueva y La Divina Comedia.
En concreto, mi preferida es La Divina Comedia, en especial el pasaje del Infierno. Lógicamente, el libro tiene una gran referencia mitológica y muchos simbolismos relacionados que suelen venir explicados en las notas a pie de página. De la misma manera aparecen muchos nombres de la época entre los espíritus con los que Dante se encuentra.



Aquí os dejo un fragmento de La Divina Comedia, que trata del encunetro de Dante con Virgilio:

"Apiádate de mi -le grité al mismo-,
quienquiera seas, sombra u hombre cierto."
Respondiome: "Hombre no; hombre ya he sido,
los que diéronme el ser fueron lombardos,
y ambos por patria a Mantua la han tenido.
Nací sub Julio, bien que un poco tardo
y viví en Roma, bajo el buen Augusto,
en tiempos de engañosos dioses falsos.
Poeta he sido, y yo canté del justo
hijo de Anquises, que volvió de Troya
después que fuese el soberbio Ilión combusto.


Por que lo recomiendo: Pues por que sí. Pero si eso no vale, porque yo no soporto oír el nombre de un libro que no conozco, y más cuando se trata de un libro tan famoso como éste. Y porque la primera parte de la Divina Comedia, la correspondiente al Infierno es una de las mejores cosas que he leído en mi vida.

Inconvenientes: En mi inexperto punto de vista, tras el brillante comienzo con La Divina Comedia, el resto del libro con todas las demás obras pierde un poco de su genialidad, aunque obviamente merece la pena ser leído.

Puntuación sobre 5 de todo el libro: 4,5
Puntuación sobre 5 de La Divina Comedia: 4,9

Airman: una traición convertida en leyenda

En la década de 1890, la aviación era todavía una realidad lejana que apenas estaba siendo descubierta. Conor Broekhart, quien nació en un globo aereostático, parece destinado a ser parte de la historia jamás contada sobre los aviones. Pero para ello, tendrá que superar una serie de obstáculos valiéndose de su naturaleza de joven científico, y caballero.



Por qué lo recomiendo: No es lo que parece ni lo que se pensaría al ver la portada. No es ni un nuevo Batman (aunque tiene ciertas similitudes indiscutibles), ni un superhéroe. Yo lo empecé a leer sólo por curiosidad, como hago con casi todos los libros.

Puntuación sobre 5: 3,5

Curiosidades: en 2011 sacarán una película sobre el libro.