jueves, 10 de junio de 2010

Minirelatos

Cada minirelato está separado por una línea discontinua.

Soñé que era agua. En estado líquido, deslizándandome por una superficie que entonces no pude reconocer. Con una leve sensación de vértigo, caía por esa superficie hasta llegar a un suelo blando. Entonces desperté, y recordé todo lo que había acontecido en el día, en nuestro día. Comprendí que la superficie que en su momento no reconocí eras tú, y que yo era lo que siempre había sido.

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Entré en aquél lugar abandonado. Caminé un poco en la oscuridad, y vi algo frente a mí. Sólo distinguía una silueta entre aquella oscuridad, pero me bastó para saber que aquella cosa era horrible. Parecía malvado y tenía pinta de monstruo. Entonces alguién encendió la luz, y comprobé que la silueta era mi reflejo en un cristal. Yo en todo mi esplendor.


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Tenía miedo. ¿Por qué tenía tanto miedo? Tenía que recordar algo. Hay algo que debía saber, pero ¿qué? Lo había olvidado todo. Mi vida, mi nombre, todo. Tan sólo sabía que tenía miedo. Y entonces lo ví. Ví al hombre al que había matado, con el cuchillo aun clavado en el corazón. Y sonreí.

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Sentía su respiración en mi nuca. Era una respiración agitada, nerviosa. No sabía quiénes eran los hombres que había delante de nosotros, pero a él no parecían gustarle. Los hombres no se movieron, pero de repente dejé de oir su respiración, y el brazo que me aferraba disminuyó gradualmente su fuerza hasta que me soltó. Me giré desconcertada, y contemplé el cadaver del hombre al que más quería, a los pies de un hombre como los que me rodeaban. Supe que iba a morir, pero no me importó. Ya me habían matado.


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Llovía. Clic Clac Clic Clac. Unos pies se acercaban. La calle estaba desierta, y yo nerviosa. Saqué de mi bolso el objeto más pesado que encontré, un libro, y lo levanté penosamente como defensa, dispuesta a usarlo como arma. Pero la figura cuyo rostro estaba oculto por una capucha agarró el libro con ambas manos y me lo quitó. Yo hice toda la fuerza de la que fui capaz, pero para él aquelllo no era nada. Seguidamente se quitó la capucha, y contemplé aliviada el rostro de mi novio. Pero mi alivio se adelantó. Dos minutos después volvía sola a casa, de espaldas al hombre al que había amado.

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Me mira. Sus ojos azules se sienten como rayos que me atraviesan hasta llegar a mi alma. Cierro los ojos y le sigo sintiendo. Se acerca, me gusta, y mientras abro los ojos siento que me besa. Cuando termino de abrirlos, ya no noto su presencia.

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