lunes, 29 de marzo de 2010

La fortaleza de Robin Hood

Quien fuera ladrón de ladrones, y en su día repartiera el dinero entre quienes lo suplicaban, se ha convertido en lo que combatía. Meticuloso, ligeramente avaro, Robin Hood no se ha olvidado de todos sus ideales. Ahora sigue robando, pero a ricos y pobres para dárselo a sí mismo.
Robin Hood vigila su fortaleza, protegíéndose de enemigos invisibles con origen en sus propias sombras. El que antes sólo le temía al propio miedo, teme ahora caer en las garras de lo que en el pasado defendía: ese extraño y cuestionable poder llamado justicia.
La fortaleza de Robin Hood tampoco es un gran palacio. Como si pretendiera ser la débil llama de la esperanza, el indicador de que Robin puede regresar de sus tinieblas, la fortaleza es un recuerdo de la pobreza y la austeridad.
¡Ah! Pero yerran aquellos que piensan que ésta pobreza es escogida, que es un signo de humildad. Sólo es un sgino más de lo cobarde que se ha vuelto. Está tan consumido por el poder del dinero, que Robin Hood tiene miedo a que se lo roben. Se obsesiona. Lo esconde. No lo usa, y no lo reparte. El ladrón que teme a los ladrones.
El nuevo Robin Hood me da asco. No luches en lo que ya no creas, pero jamás te pases al bando contrario. Porque la gente necesita algo en lo que creer.
Yo creía en ti. Todo lo que yo hacía, lo hacía por ti. El mito se ha caído, y no volverá a resurgir. Pero yo te sigo queriendo. Y todo lo que hago, sigo haciéndolo por ti.


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